Cdad. Bs As., Buenos Aires, Argentina
Paciente estudiante o inquieto, músico en progreso o en decadencia, escritor amateur o poco profesional, mujeres en receso o en recreo
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13 septiembre 2007

El vuelo - Siete historias mínimas

VI

En el horizonte del pasillo se entiende que solo cabe una idea: la cabina. Entre medio, cientos de nubosas cabezas descolgadas y innumerables cabezales cuadrados. Quien sabe lo que se esconde debajo de las cabezas, pues los asientos tapan todo.
Un laberinto entre cueros. Al fondo se aprecia una mujer de pelos ligeros, donde su corteza se deja ver entre algunos lunares. Se menea de derecha a izquierda y siempre recive como respuesta niños risueños. De repente, el niño de al lado del pasillo, pasa fugazmente al otro lado, al asiento de enfrente, y caen dos zapatillas hacia el pasillo. Se desatan de sus agujeros dominantes y se unen en un par inquebrantable, que comienza a caminar en un solo paso hacia mi.
Ya imagino el descenlace, pero por suerte, un señor saca su zapato extra large y detiene al par. Se aprecian sus gordos dedos tomando a los gémelos pares del niño, dos mechones de cabellos que van hacia el piso. Se detiene un instante y desaparece por fin mi peligro. Me quedo mirando tras su asiento y enseguida quedo atónito ante el niño que salta, que sobresale en espamos por sobre su lugar y golpea contra el techo del avión. Es increible que nadie lo observe, nadie lo ayuda. El hombre de los dedos gordos se ha hundido y quiza duerma, por lo que nadie podrá ayudar a ese niño.
Al cabo de tantas subidas, se escurre el chico tras su remera y cae, dejándola en el aire. La remera se aleja de él y toma poseción del par extraviado, que comienza a caminar por el techo. La remera se flamea y comienza a absorver de los asientos distintos prendedores, hasta que en un momento, el peso de todos estos, la hace caer. Se escucha un gemido y las zapatillas tiemblan. Una mujer se inclina y mira asombrada. Abre el espacio del cuello y queda hipnotizada con su mirada quebrada hacia abajo.
El avión cae en un bache, y se desestabiliza la mujer, hacia el piso, y la remera con zapatillas hacia mi. Me tapo los ojos, pero es tarde. Es pura imaginación entonces lo que pueda detener el ojo invisible tras este suceso.
Si acudiera a mi mente real y construyera imágenes basadas en mis pautas de aprendizaje, entonces todo sería muy normal. Sin embargo, no creo en mi mente real, creo en mi mente irreal, que construye y destruye posiblidades sin ningun tipo de causantes ni consecuentes. Sería la única manera de librarme de tal acoso.


V

A las 5.55 partía el vuelo con rumbo cercano. Solo que la lejanía residía en ese ser querido, a cual se lo acompaña por rutina, pero en medio de melancólicas horas y un amanecer a orillas del río, frente al aeropuerto. El taxi llegó 15 minutos antes de lo pautado, y todabía las lagañas mantenían conversaciones acerca de si el agua estaba fría o caliente para esas horas. En la mesa del comedor habían dos tazas, el café sobrante del día anterior, un poco de pan y las dos sillas vacías esperando por el viajero y el acompañante de turno de salida.
Las tazas quedaron abandonadas y esperando a su regreso, pues no se podía hacer esperar al taxista tanto tiempo. Al menos, eso indicaba la esquizofrenia del viajero. Rumbo al aeroparque, comienzan a salir de los departamentos los trabajadores matutinos y la ciudad comienza a florearse como todos los días. Solo que ese día, no es un día normal. Es una despedida.
El taxi ya está casi llegando, bordeando la estación terminal de aviones. La pista de salida está justo a nuestras izquierdas, en esa curva larga. Un avión pasa por encima de la reja y nos salva de la estampida, excepto de su estruendo entre la quietud del cielo todabía azul oscuro empezando a empaparse de pequeños brillos en el horizonte.
La costumbre indica, darle la propina al chofer, entrar rápido y buscar un lugar donde retirar el ticket y hacer los chequeos. Mi cara está totalmente desencajada, y tengo la sensación de que los guardias me miran y me observan. Me dirijo al baño y compruebo tal presunción de la seguridad. Mis ojos están colorados, casi llorosos. Mientras tanto, el pasajero ya tiene su boleto y debemos esperar casi media hora al embarque.
Esto se desencadena en un café de último momento, tratando de borrar el amargo recuerdo de las tazas de casa en la mesa bajo la tenue luz de la lámpara. Por los ventanales, el sol deja de ser brillos que se filtran entre la oscuridad y se tranforma en horizonte que comienza a asomar. Por lo ventanales se ven los pesqueros madrugadores y los pescadores de oficio. Pocos, pero dos pasan por la costanera en dirección al Club de Pescadores.
El café se consume, como la pequeña charla, y la hora dice que es hora de embarcar. El procedimiento es rápido, y en menos de lo que creo, estoy afuera del aeropuerto, buscando la parada del colectivo para volver. Pero la imagen que ofrece la costanera es sin igual, e invita a quedarse dormido en un banco, bajo el frío aire del río y su pequeño oleaje que golpea contra el muro. El sol se atrasa en salir y por eso, me detengo de espaldas a él, mirando la pista de despegue, tras las rejas, ya bastante lejano a la puerta de entrada del aeropuerto.
Los aviones se asoman uno a uno, dan vuelta y encienden furiozamente sus turbinas para tomar carrera en su visita al cielo (o intento de acercamiento). Digo, "ese es el avión". Y lo digo cada vez que pasa otro, es que son todos de la misma empresa y como saberlo. Deduzco, entonces, "es ese, a este lugar viajan muchas personas" y me detengo a observar el movimiento del segundo en la fila, esperando por zarpar. Miro cada ventanilla y busco desesperadamente en cada mini asiento, trato de ubicar al pasajero. Todos parecen serlo, pero si fuera alguno, me dirijiría un saludo de manos. Esto no ocurre y veo como el avión se esconde tras el edificio mayor, y luego aparece por encima de él, ya despegado de la tierra y en dirección al río.
No tengo opciones y por ello, decido volver a la costanera, dar vuelta simplemente mi espalda. Allí esta, el amanecer tibio, magenta sobre las nubes que se posan sobre el agua. Lento, lo miro, lo siento y saco fotos con mis ojos. Pestañeo sin flash y me siento en un banco al lado del muro. Me asomo y veo el agua abajo, que sube y baja. Y esto me llama, sin embargo, caigo de mi abismo interior y volteo.
Solo necesito una parada de colectivo y volver, para guardar las dos tazas solitarias en su lugar, para usarlas nuevamente, a su llegada.


IV

Al recibir la llamada, solo atinó a colgar el teléfono lo antes posible. Su voz no era la que deseaba escuchar, sin embargo tuvo que soportarla hasta que el tubo tocase la base del aparato. Tras el parlante se escuchaba la voz de aquella mujer, que por cierto nunca había escuchado por teléfono, pero que reconoció al instante por su forma de entonar. La noticia era la peor que hubiese escuchado en tiempos, justo cuando había conseguido estabilidad emocional hace dos meses con un amiga de la infancia.
Su viaje por aquellos lugares en las vacaciones le había traido unas cuantas historias de pasión. Pero la de la voz del telefóno había sido la última y más duradera. Fueron siete noches de la última semana antes de volverse. Siete noches seguidas, y pués, en tantas veces ya había perdido costumbres acerca del cuidado. Por ello, tras escuchar esa tonada en el aparato, primero se preguntó, "¿como tiene mi teléfono particular?", y luego, "esto no se oye bien". Lo intuyó al instante, lo imaginó sin darse cuenta, y antes de que se lo dijese se tomó de la cabeza.
Su pareja, que estaba allí al momento de atender el teléfono, vio su expresión, que tan solo duró un minuto. Él colgo y se quedó apoyado contra la pared, mirando el suelo y los ojos fijos en alguna baldosa imaginaria. Ella le preguntaba: ¿Que pasa, que te sucede?", y no es que él estaba shoqueado, sino que estaba pensando en que contestarle y como contestarle. Ella entendió que el estado y por ello se preocupó aún más. El rápidamente se dio cuenta de ello, aprovechó la situación, y habiendo conseguido el shock inicial, prosiguió a decir lo que no debía decir: "Ha muerto mi padre". Su padre había muerto de hecho, pero hacía cinco años. Ella no conocía mucha parte de la historia de él, ya que luego de la primaria, ella viajó con su familia a otra ciudad y se separaron. Luego se encontraron tiempo después en la universidad a la cual él fue a estudiar, dejando su casa.
"Tengo que viajar inmediatamente", le dijo. Tomo el télefono, llamo a la aerolínea y reservó un pasaje para la noche. Tomó su saco, una mochila chica con algunas cosas y se fue sin saludar, apurado. Ella entendió la gravedad y no se preocupó. Él debía regresar en unos días y seguramente se comunicaría en el transcurso de su viaje.

III

Tras 28 horas de vuelo, el hombre decidió bajarse del avión sin preguntar cuantas escalas más faltaban hasta llegar a su destino. Había descendido en 5 de las 8 escalas que tuvo. En la tercera de ellas, casi pierde el vuelo. Lo salvó su coquetería. Había dejado a una de las azafatas su anillo prometiéndole que se pondría otro igual dentro de unos años. La misma mujer fue quien recordó lo que tenía puesto justo al momento de cerrar la puerta, y puso una escusa para demorar el vuelo. Se cayo de repente llamando la atención de sus compañeras que estaban allí, adujo un desmayo, llegó una ambulancia a la pista, y la trasladaron al centro de primeros auxilios del aeropuerto. Allí se mantubo durante 20 minutos, mientras los pasajeros unos esperaban en el avión y otros decidían bajar a la zona de embarques. El piloto comunicó que tenían autorización para hacerlo y que avisarían por micrófonos el nuevo embarque.
La azafata, en la enfermería, disimulaba ahora una mejora progresiva. Tras varias reviciones de oídos, garganta, respiración, presión, pulso y cuantas cosas más, tomo unos vasos de agua, unas galletas saladas y se quedó recostada hasta el alta del jefe médico del aeropuerto.
El hombre, regresó creyendo estar retrasado, subió corriendo a embarques y si dio cuenta de que todabía se encontraban pasajeros del mismo vuelo en la sala. Suspiró, sacó un agua de la máquina de bebidas y se sentó. Como para no saber quienes eran los pasajeros del vuelo. Hacía 15 horas debía verles las caras. Los parlantes anunciaron lo esperado, tomó su saco y subió al avión. Al entrar, la azafata en la puerta lo mira y con guiño complice le extiende la mano con el anillo y le dice: "casi se olvida", a lo que él contesta "de usted no me olvido", a lo que ella responde "no, de su anillo".
El hombre en el avión se torna inquieto. Trata de dormir, pero no puede conciliar el sueño. Entonces se lanza a caminar por el pasillo, va hasta el fondo, entra al baño y se sienta un rato. A los pocos segundos alguien toca la puerta, pero él, que tenía puesta las manos en la cabeza tapándose los oídos, no lo escucha. La persona del otro lado, entiende que no hay nadie y entra. Era ella. Él levanta la cabeza al mismo tiempo que ella cierra la puerta y se da vuelta, casi instintivamente levantándose la pollera sin pensarlo. Cuando se da cuenta de su situación se encuentra mostrándole al hombre su ropa interior y se queda atónita mirándolo. Este, tambien se queda atónito, con las manos apunto de agarrarse la cabeza, o mejor dicho, dejándose de agarrar la cabeza, como si se hubiera detenido la acción a mitad de camino entre las manos relajadas y agarrarse la cabeza. El hombre entiende que ella ha entrado por voluntad propia y pues en menos de un segundo solo se para y se dirije a ella. Ella en menos de un segundo se encuentra con los brazos de él tras su espalda.
Tras varios minutos la puerta del baño se abre y ambos se asoman como si una muchedumbre estuviera para vitorearlos o abuchearlos del otro lado. Nada, las luces están bajas, adelante se ven dos azafatas casi borroneadas charlando y entre medio todas las nucas desordenadas en insonmio. Salen y el hombre se sienta en el primer asiendo vacío del fondo que encuentra. Mientras mantiene la mirada en la caminata de ella, que se une luego a la conversación de las azafatas. El sigue mirando. Al cabo de un rato, se da cuenta de que las tres dicen una frase y miran hacia atrás, y así constantemente. El avión aterriza y el baja una vez mas.

II

Estaba en la estación terminal, esperando unas cuantas indicaciones más. Por los vidrios espejados se veían ese sin fin de personas, una muchedumbre enloquecida, correteando por el gran hall. En el fondo, casi fuera del alcance del horizonte de mi vista, una chiquilla sentada en un banco, sola. Miraba para todas latitudes, con los brazos cruzados. Desde aquí no divisaba exactamente la expresión de su cara, pero su cara se movía para todos lados.
Atento a esto mas que a el altavoz, mantenía la mirada fija en aquel punto, que se esfumaba ante cada persona que pasaba de un lado al otro. La veía de a partecitas, siempre con la cabeza hacia un lugar distinto. Afiné la visión y encojí mi cuello hacia adelante, y obserbé mas detenidamente. En sus pies llevaba unos zapatitos blancos, era lo que mas se notaba desde aquí arriba. Sus rodillas estaban sucias, mas bien raspadas, y sus medias... no tenía medias. Yo tenía abrigo, y allí abajo supuse que tambien hacía frío. La muchedumbre estaba bien abrigada mas bien.
En cambio de arriba tenía un saco color verde opaco con capucha, que la tenía cubriendo media cabeza nomás. En sus muñecas habia unas pulceras, que parecían mas bien brazaletes de lo grandes que eran. Típico de niñas. Su edad no alcanzaba, supondría los diez años. Y por las dudas mejor no saberlo.
Mi cabeza estaba aún mas compenetrada tras el vidrio espejado. Sus ojos parecían bien blancos, casi sin pupilas, y estaba tratando de descifrar su expresión cuando de pronto un anciano sin bastón, pero con anteojos negros, me lleva puesto y me pide perdón mirandome a los ojos. Yo cortesmente devuelvo su pedido y rápidamente volteo la mirada hacia el hall.
La niña no está en su silla. Miro en las sillas aledañas y tampoco, quizá había perdido el sentido del punto en el espacio. Pero no, era esa silla. Empiezo a recorrer velozmente como una mira de fusil toda la sala, en zigzag y cerca, debajo mío veo dos hombres, tomándola de los brazos, y dejándola caer al piso. El refilón de balcón donde estoy y el vidrio por encima no me dejan observar mas de cerca. Hubiese sacado la cabeza para mirar mejor. Me inclino lo que puedo hasta achatar mi nariz, pero no llego a ver mas que dos hombres robustos mirando hacia abajo de donde estoy yo. Llego a divisar las manos de la niña que se aparecen por mi campo visual unas cuantas veces, como una desesperada mujer que se ahoga en el mar, sin salvavidas ni nada.

I

El avión se elevó, un lunes por la madrugada, como si nada. Bajo las infinitas estrellas y una luna que pretendía ser llena, pero ya era cuarto menguante. Su carrera hacia el cielo es una formalidad, como dentro de él, donde los discursos sobre emergencias, precauciones, prohibiciones y horarios se suceden unos tras otros.
En su posición oblicua, los pasajeros se retuercen de miedos y paranoias, hasta que por fin sienten el nivel. Los líquidos internos dan la sensación de tener algún paralelismo con el piso, y entonces todo vuelve a la normalidad.
Por fuera de las ventanillas se ve a lo lejos un leve brillo tras el firmamento, hacia el occidente. Al cabo de dos horas, el primer asiento se encuentra vacío, mientras que el resto padece de somníferos prolongados. Por el pasillo la mujer recorre sin pensar con la cabeza gacha y los ojos perdidos. La azafata se le acerca y trata de convencerla de que se siente, pero la mujer con algunos ademanes de brazos intenta decirle que se aleje. En eso, un pequeño bache en el aire y la mujer cae al piso. No se levanta y queda quieta sentada con las piernas abiertas en el suelo, las manos pesadas hacia adelante y entre medio la cabellera que cae hasta la piso. La azafata, que se reincorpora se va hacia atrás. Al rato trae a un comisario a bordo y otra azafata más, quienes la toman a la mujer del los brazos y la devuelven a su asiento, adelante.
Yo desde la mitad del avión, vuelva la mirada hacia la ventanilla. Entre medio, dos personas despatarradas durmiendo tapadas con frazadas. Tras el vidrio el cielo estrellado, y en el reflejo, los niños de mi derecha del otro lado del pasillo, que juguetean sin dormirse.

16 agosto 2007

Tres tiempos de un sueño

Esto es de hace un tiempo, pero recién lo subo ahora. Algún día completaré el tercer tiempo, futuro, del sueño.
Tampoco es un cuento, aunque esté en esa categoría del blog.

Ayer soñé que te besaba, eternamente. Que los labios se transformaban en enes dimensiones. Que los dientes abrigaban ese aliento para que no se escapara. Que la lengua mantenía aireoso el gusto. Los ojos se dormían, o mejor dicho, se adormecían. Las narices se solapaban como los engranajes de una máquina de ternura. Las orejas eran privilegiadas testigos de tanto semblante. Los ceños al contrario de lo normal, estaban totalmente dispersados, relajados, sin ensañarse. Las frentes se miraban continuamente, e incrédulas, seguían mirándose. Los cabellos se estremecían, entre otros diez cabellos más gruesos.
Tras las glándulas gustativas, convergían increíbles situaciones. Todas difusas, pero ninguna confusa. A veces eran caballos, tropillas y tropillas de tropillas. Otras, arroyos, ríos y afluentes de afluentes. Como una lupa que mira un punto y luego se aleja, comenzando a ver millones de puntos. Como ver tu casa desde el espacio, y alejarse hasta ver la casa de tu casa de tu casa.

Muchos momentos eran pájaros que volaban y se cruzaban con otros, entonces ya no seguías esos, sino los otros. Pero estos atravesaban otra bandada, entonces estos, diferentes de los anteriores, reacaparaban la mirada hacia otro lugar. Y luego, pasaban otra especie, que se dirigía en otra dirección. Y hacia allí se dirigían nuevamente los ojos. Hasta que llegaba a un lugar, una inmensa laguna, como un mar, donde estaban todas aquellas inquietas aves.
En ciertos momentos, no había imágenes, solo olores. Y allí se entremezclaban millones de aromas y sabores. Estaban rosas y dulces, poleos y licores, bosques y mares, humos y brisas. Y estaba ese olor, tan maravilloso, sin nombre, sin descripción, pero con únicos y propios dueños. Y allí se acababan los sueños, porque no era uno, eran varios. Encadenados. Allí me desperté y me pregunte: ¿Era un sueño?

…Aunque no esté, intento estar, aunque no estés intento estar, aunque no estés querés estar, aunque no esté, querés estar. Se qué, no se por qué, pero sé que te levantarás y querrás hacer algo por vos. Y no sé en que parte de ello, leerás esto. Si antes de empezar, si en el intermedio o al finalizar. Aunque no lo sepa, lo hago igual.

Quién no intenta, no sabe luchar por lo felicidad, pero quien intenta tampoco, porqué la felicidad no se intenta, se quiere. Las luchas son paciencia. Las luchas también son perdidas. Las luchas son hirientes. Las luchas son reconfortantes. Las luchas son... son como la vida misma. Y la vida..., quien soy yo para decir que es la vida. Pero muchas luchas son una batalla, y muchas batallas son una guerra. Que fea comparación.
Empecemos de nuevo. Las luchas son inquietudes. Las luchas también son búsquedas. Las luchas son proyectos. Las luchas son reconfortantes. Las luchas son... son como la vida misma. Y la vida..., quien soy yo para decir que es la vida. Pero muchas luchas son una sonrisa. Y muchas sonrisas, son una lucha. Sonrisas para la salud, sonrisas para la juventud, sonrisas para el amor, sonrisas para el descreimiento, sonrisas para sobreponerse, sonrisas para quererse, sonrisas.
Ayer no soñé. Dormí tan profundamente que no soñé. Estaba tan cansado que no sabía como empezar y me quedé dormido. Es que ya había soñado. Estaba tan cansado, cansado físicamente, cansado mentalmente. Pero hay algo que nunca se cansa: el corazón. Y la gente no me cree. Y piensa que soy estratosférico. Y yo le digo a la gente que tan equivocada está. Que no soy el que nunca se equivoca, porque puedo pisar la misma tierra que vos, porque puedo tocar las mismas cosas que vos, porque tengo los mismos deseos que vos.
Era un hecho que necesita internarme en la profundidad de una almohada, que me esperaba impaciente para compartir mi sueño. Cuando vio que me sumergía hasta sus profundidades, hasta lo más oscuro, se puso mal. Se acurrucó, se enfrió, se arrugó y se impacientó. Miró para otro costado. Pero al tiempo, cuando estaba a miles de kilómetros de la superficie, se dio cuenta que estaba sosteniendo su cabeza. Que le estaba brindando una placentera profundidad al descanso. Y que eso era lo que necesitaba. Se dio cuenta que solo tenía que estar callada en su lugar, facilitando sus sueños.
Al despertarme, la almohada estaba ahí como todas las mañanas. Tantas vueltas, tantas veces, se cayó de la cama, producto de mis inquietas apariciones de noche. Pero siempre resolví que era mejor que volviera, por eso siempre la agarró y la acomodo. Porque no puedo dormir sin almohada.
Y como siempre, abrí los ojos, la vi bajo mis párpados, los volví a cerrar, la abracé, y continué.

04 agosto 2007

Las dos piedras

Pudieron haber sido de la misma cantera, pero en realidad simplemente eran de la misma zona. Disímiles, bien distintas. Sin embargo se encontraban a pocos kilómetros una de la otra. Por el suelo, el polvo serrano, sus cuchillas al viento y el sol hace árida la tierra y la somete hasta desparramar en ella un sollozo feroz.
Allí las piedras son simplemente un objeto expuesto a las inclemencias de la naturaleza, pero también del hombre.
Por donde quiera que sea, puede pasar un carruaje y hundirlas, pasando ellas a formar parte de un camino que lleva a cualquier parte y conlleva destinos. También puede pasar algún motor moderno, y dejarlas llenas de humo gris y porquerías extra naturales. O una sandalia, un zapato o una bota, que finamente y sin querer posa sobre ellas un paso de entre tantos hacia algún lugar.
Las dos piedras sobreviven a todas situación, sobre todo si tenemos en cuenta que conviven con millares de otras piedras. Una gran población, ruda y sin tapujos para desbarrancar a otras. Aquí sobreviven las piedras, en el amontonadero, como chatarras. Acomodándose a veces entre ellas para dar lugar a algo nuevo o chocándose para producir una catástrofe.
Puede ser parte de una mano para herir o de un pie para pasar el tiempo de otros. Tantas cosas pueden ser las piedras que nadie se le ocurre ni siquiera que estamos rodeados de ellas. Que están en muchas paredes de nuestros edificios, en las plazas, en las veredas y las calles antiguas.
Pero así como tan negras vemos las piedras, muchos las utilizaron como gran demostración de arte. Como los ancestros que sobre ellas tallaban dioses. Tallaban su historia, dejaban huellas de figuras y mas figuras. Símbolos por todos lados. Significaciones y millones de adornos de piedra. Columnas, paredes, arcos, techos, cimientos. Todo.
Las dos piedras se conocieron en el bolsillo de una mochila, bajo el cálido sol del atardecer, tras largos recorridos sobre las espaldas. En la oscuridad del bolsillo se friccionaron sin verse, hablaron, golpearon y hasta cantaron en pequeños sonidos mientras viajaban hasta el próximo destino. Cuando saltaron a la superficie para descansar un poco se vieron y se rieron de tanta diferencia entre ellas. Pero al fin y al cabo, eran dos piedras, similares en forma, dureza y grandeza.
Una era bien blanca, brillante, con la luz reflejando por cualquier parte. Podría haberse confundido con un metal precioso, pero al mismo tiempo opaca, de un blanco de pared y con algunos recovecos llenos de polvo. La otra era grisácea, con pecas negras, muy lisa, casi ovalada. Opaca, pero con tintes brillosos entre sus pecas, con pequeñas incrustaciones de una luz que rebotaba por sus lados cóncavos. Un piedra acostumbrada a la tierra, a revolcarse, y por ello su color, para mimetisarse entre los suelos polvorientos y los caminos pedregosos.
La blanca necesitaba un labado de cara. Al cabo de hacérselo vio su cuerpo tan brillante que el espejo era una fuente de energía solar más. Nunca había creído todo eso de no ser porque la otra piedra le insistió en hacerlo. Así, devolviendo los favores, la piedra blanca le pidió a la negra que se dejara frotar un poco, que seguro saldría algo de luz allí también. Pero la piedra gris se rehuso, aduciendo que eso sería inútil, ya que así había sido toda su vida y no veía razón por la cual cambiar. La blanca no huyo ante tal postura y en cambio continuó alabándola para demostrarle cuanto podía valer su brillo ante sus ojos. Le comentó que dentro del bolsillo de la mochila veía unos pequeños puntos en la oscuridad delante de ella, y que no podrían venir de otra parte que de su corteza pecosa. Que esos eran sus ojos que podían iluminar cualquier oscuridad y al contrario de ella, que era toda blanca y la luces se amalgamaban tan rápido en su piel, ella nunca había podido ser una luz dentro de un lugar sin sol. Pues que lo que a simple vista parece, a veces no es tan fácil de lograr, ni tampoco tan difícil de entender.
Solo bastó un poco de soledad. Tanto la gris como la blanca se apartaron. El viajero vio a una y la puso en el bolsillo de siempre. Al no encontrar la segunda, decidió continuar su viaje con una sola. A unos cuantos metros de haber comenzado se topó con la otra y aliviado la tomó en sus manos y la metió en el otro bolsillo. Ambas piedras no sabían que seguían el mismo viaje y creían que ya no volverían a verse. Ambas piedras meditaban profundamente acerca de las palabras de la otra. La grisácea antes alejarse le contestó a la blanca con palabras escuetas pero que dejaron a la piedra desconcertada por tal respuesta. Simplemente le habló de que nunca se había topado con una piedra de tales características, que simplemente no creía que existían y que menos aún pudieran decirle a uno lo que le había dicho acerca de su brillo escondido. También le mencionó sobre su brillo innato y natural, que no necesitaba mas que aceptarlo, pues eso haría que pudiera servir de guía en la oscuridad.
Una en cada bolsillo mantuvieron caminos distintos, pero el mismo a la vez. Sin saberlo continuaban una al lado de la otra, separadas por una pared de otros tantos elementos, los cuales no tienen importancia. Pero ambas seguían en el mismo carruaje y tras la misma espalda que las sostenía y que desconocía la historia que había transcurrido y transcurría al haberlas tomado en algún momento, simplemente por el gusto y atención que le habían causado.
Hoy las dos piedras descansan en algún sitio. Llegaron a alguno, no importa cual, lo que importa es que cuando se bajaron, se toparon e inmediatamente dejaron de lado su grandeza y su rigidez y se abrazaron para permanecer juntas. Ambas quería volver a saber de la otra, al menos para agradecerse por las palabras que las intimidaron. Pero gracias al viajero que las recogió en algún momento y las mantuvo en el mismo camino, ellas siempre estuvieron juntas, aún sin saberlo. Quizá fue el deseo, y esa soledad necesaria en algún momento. También fueron estas dos cosas las que unieron nuevamente a ambas.
Cuando se acercó la primera noche, blanca brillaba enrojecida de timidez y gris apuntalaba con sus puntitos luminosos la timidez final. Una sumatoria de tímidas caras que se sumergieron para dar lugar a una luz propia, y sin necesidad de esconderla, aún en la timidez que la provocaba. Cuando salió el sol por primera vez, las dos piedras eran una sola. El calor de sus timideces y de sus luces y abrazos, las había forjado en una sola, juntando ambas propiedades e historias pasadas. La piedra final también dejo de ser rígida, porque el calor las había ablandado, pero seguían manteniendo su firmeza con un toque de elasticidad. Pero su grandeza había aumentado, y ahora ya no cabían en la mochila de aquel ángel que las condujo, cuidó y unió. Ahora necesitaban otro espacio mas amplio. Ambas salieron al mundo en busca de su propia compartida historia.

01 abril 2007

La guerra limpia

Cuando el desierto doblegó las casas, no hubo forma de hablarle a alguien más que a uno mismo. Por momentos, pareció un silencio envasado y predeterminado por algún científico loco. Por otros, era ese silencio, con ruido de fondo, el silencio de las palabras. Por momento pareció el silencio de los oídos tapados, con sumbido y graves frecuencias alejadas, y balbuceos en las imágenes, sin entenderlos exactamente, ni pobremente.
Cuando en las casas no encontrábamos las paredes, más bien arena y piedritas de arena, no hubo más remedio que olvidarse de los límites de donde habitar. Cuando la arena se perpetró y petrificó no hubo otra solución que colgar los cuadros allí, apoyar los muebles y acostumbrarse al dorado amarrillo medio brilloso ligeramente granulado. A los pocos meses, todos se habían acostumbrado a las imágenes claras y sencillas, sin viento, sin lluvia, ni sequedad en la tierra por falta de sol.
En ese espació vivió una de las más recordadas e intensas situaciones. De interminables promesas, proyectos y trucos con retrucos, sin cansancio, sin espacio, sin nada que lo detuviese. Generalmente se trataba de idas y vueltas, interminables, sin intenciones de dejar uno al otro, hasta que la cordura vencía el vaivén y debíase terminarse. Solo por el momento, porque volvería lo mismo otra vez. Pocos compromisos, muchos permisos, muchos murmullos y pocas dudas. De repente existían ataques inminentes, se veían venir, y no había escudo que protegiese terribles arremetidas.
El cielo se oscurecía y los amontonaderos se sucedían. Era sin dudas una guerra, en el pasto o donde fuese, pero una guerra continua. Aún así, no existían, milagrosamente, heridos y las noticias no daban cuenta de lo que estaba ocurriendo. Alguna que otra vez, aparecían cámaras, pero de las espías a informarse de lo que acontecía, claro que sin resultados. Pues no había forma de parar esa guerra, se estaba gestando, y ambos bandos estaban de acuerdo, ninguno pretendía ceder ni un milímetro de su espacio, ni una centésima de su tiempo, ni un gramo en el alma, ni un centímetro de mercurio del andar del corazón.
Ambos bandos estaban totalmente de acuerdo, y totalmente poco cuerdos. No se sabe con exactitud, cuales eran los intereses en ambas regiones, pero de seguro que uno quería estar en el otro, y el otro en el uno. Pasaron las semanas, y las luchas continuaban, con grandes batallas, y la gente comenzaba a darse cuenta de lo que acontecía por esas regiones, sin embargo, ya no había forma de entrometerse y era cuestión de tiempo para saber como terminaría esa guerra. Como todos sabemos en las guerras, salen camiones de heridos, partes de muertes y sobre todo, inválidos, lisiados, que no son ni una cosa ni la otra. Pues, para muertos les sobra una pierna y una brazo, y para vivos les falta otros tantos. Aquí, o allí, no aparecían tales partes ni noticias, y el mundo comenzaba a darse cuenta de que esta guerra esta algo totalmente incontrolable, al menos desde afuera. No había forma de ayudar, de apoyar ni de aliarse a unos u otros.
Desde afuera, millones esperaban por ingresar a la guerra, acostumbrados a esas circunstancias y procedimientos, y se inquietaban al ver que el costumbrismo en el orden temporal de una guerra no se cumplía y que se desviaba aún más de lo común. Desesperados emprendieron una campaña contra la guerra limpia, promocionando todo tipo de armas. Propagandas incentivadoras para sumarse a la supuesta defensa del indefenso y del honor del hombre de la humanidad.
Cada tanto podían verse aquellos combates, cuerpo a cuerpo, era individuales y solían esconderse. Por ello, creo yo, era difícil divisar aquellas situaciones. Aún así algunos se las ingeniaban, envidiosamente para sacar algunas conclusiones absurdas. Tal situación llegó a tal punto límite al cabo de unos casi cuatro meses, que se había gestado otra guerra. La de los de afuera contra la propia guerra. Recordando viejos dichos añejos y sabios, alguien decía que hay guerras y guerras. Están las que provocan muertes, dejan en las historia heridas y profundos cortes abismales. Pero también están las guerras pacíficas, que simplemente provocan vida, dejan historias sin final y profundos cortes abismales como un rompecabezas que se entrecruzan, sin poder divisar esos abismos supuestos.
Desde afuera, se organizaron, y claro, dos bandos son mucho poco menos que otros tantos, sobre todo cuando ambos bandos principales no se enteran del exterior, ni tampoco les interesa. Desde afuera, se organizaron, y comenzaron a arremeter, a provocar y persuadir, para generar ira, generar confrontamientos y pocos deseos de continuar la lucha para transformarla en otra lucha. Nunca se supo como, pero finalmente los dos simples bandos cedieron, y la invasión fue incontenible, fue indetenible e imprevisiblemente amarga. El espacio se llenó por todos aquellos que deseaban una guerra de "verdad". A la que todos estaban acostumbrados, a la que todos acuden mediaticamente y se jactan de conocer todas sus estrategias apostando finales y próximos movimientos. Como si fuese un fatality show.
Fue ahí, cuando de pronto la invasión trajo movimiento en la tierra, y lo que parecía un campo de batalla verde, se transformó en un campo desolado amarillo. Fue ahí, cuando el desierto doblegó, sin ningún tipo de continencia ni consideración. Pues así, las cosas parecían normales, era lo que todos esperaban. Pero por suerte, y aquí viene la parte menos creíble pero las mas cierta, ambos bandos que luchaban entre si, los del principio, habían corrido su campo de batalla. Claro, que sin darse cuenta, pues nombré anteriormente que no sabían nada del exterior, o mejor dicho, si sabían, pero tenían poca impresión. Por suerte, sin darse cuenta se alejaron del tumulto. Exactamente igual como desaparece un dibujo animado de una montaña de atacantes por debajo o entre las piernas, mientras los atacantes se amontonan supuestamente aprisionando al objetivo.
Pero así y todo el tumulto fue excesivamente mayor, tanto que aquella salida sin darse cuenta, provocó una incertidumbre tal como la que tiene un niño en un mercado público al perder de vista a su madre, o como la que tiene la madre, peor aún al tener que encontrar a su hijo. Pues los bandos se separaron, pero milagrosamente escaparon, sin darse cuenta, un poco por decisión propia, otro poco por el destino, de la arremetida de los envidiosos de la guerra limpia.
Están lejos ya, de la arena petrificada y los desolados parajes. Pero se han encaminado en rumbos distintos incentivados por las ganas de salirse de ese tumulto, que a último momento vieron y dieron cuenta de que existía tal cosa. Justo a tiempo. Y están allí afuera, retomando los caminos para comenzar la batalla limpia en otro lugar, para llevarla de ejemplo a otros espacios, hasta encontrar alguno que acepte que eso puede ser realidad, que no hay nada estratosférico en todo eso, y que puede haber pasto nuevo para la lucha cuerpo a cuerpo una vez mas y una vez mas y una vez mas y ...

05 diciembre 2006

Clausurado

Estas son las últimas cosas, escribía ella. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Como las vacaciones pasadas. Como los últimos caminos, los últimos puentes pasados, los autos en la carretera. Estas son, las cosas que no volveré a ver jamás. Los bellos paisajes, sus sierras, sus lagos, los pájaros de alta montaña, las aves de mar, las escurridizas ardillas, las liebres tímidas y los conejos del campo.
En realidad, no quisiera verlas más. Es mi decisión, y es irrevocable. No lo intentes. Desde el momento en que me perdí correteando a una de ellas, caído al lecho de la cascada del arroyo por el mini barranco, volver temblando de frío a media tarde cuando el sol ya caía, y verla en la puerta, esperándome para jugar nuevamente. Creo que eso desencadenó mi decisión. Esa noche, quise a toda costa, atraparla y cocinarla. Mi madre estaba en la cocina, y yo corría por fuera. Y ella me preguntaba, ¿qué haces?. Nada, respondía yo. Pero quería atraparla a esa maldita liebre, guardarla en un caja, y cocinarla algún día que ma no me vea.
Indefectiblemente, esta decisión la vengo tomando desde hace mucho tiempo. Claro, que en aquellos momentos, eran simples situaciones, que podían suceder en una casa como esa. Yo jugueteaba con todos los animales, excepto uno, el caballo. Siendo chica, dicen mis padres, me agarre a la pata del caballo con tanta fuerza como lo hacía con mi padre cuando llegaba de la ciudad. Pero eso, el caballo no lo entendió, y me lanzó por el aire. Siempre me llamo la atención porque no se sentía atracción por los caballos. Nunca iba al establo, a menos que mi madre me pidiera que llevara algo. Ese lugar era muy grande, y yo me perdía en mi dimensión de niña. Y de noche era tan oscuro, que ni la luz de la luna –cuando había– que entraba por las ventanas cercanas al techo en ve, lo iluminaban. Creo mejor, que desde lo del caballo, comencé a tomar la decisión, inconscientemente.
Esto no es todo, para tu asombro. Cuando nos mudamos a la ciudad, porque yo debía comenzar mis estudios en el colegio, mis compañeros me decían de todo. Granjera, cara de conejo, ¿trajiste la pala?. Y si bien, yo me sentía orgullosa de todo eso, no quería que me lo repitiesen en la cara, casi escupiéndome, y encimándose en cada recreo. No se si fue tan así, era la imagen que me quedaba, la de todos apuntándome con sus miradas, acusándome de haber nacido en una cuna de paja. Esos niños eran malos, y las niñas peor. Ellas se la pasaban con sus espejitos chicos de mano, y sus cepillos, los mismos que usaba para peinar a los animales. Pero ellas, eran personas, y nunca se me hubiera ocurrido pasarme eso por la cabeza. Ahora de más grande, creo, pienso, ellas eran animales.
El tiempo fue curando todo, a tal punto que mi primer novio lo tuve en último año de la escuela primaria, pero ese verano se perdió. Volvimos al campo de vacaciones largas, para festejar que había terminado mi primer etapa de colegio. Cuando volví para inscribirme en el colegio secundario, de camino hacia el lugar, pasando por aquellas calles donde el me besaba, estaba allí. Era la calle de sus besos, no de los míos, era su espacio, porque en mi lugar había otra niña. El nunca se dio cuenta de que pase detrás de el, mirando en el punto fijo, porque estaba de espaldas, en cambio, ella si. Levanto la mirada, y me guiño el ojo. Ella no me conocía, pero yo a ella ahora si.
En el colegio secundario mi mala suerte estuvo a punto de romperse. Mi primer año fue excelente, tenía muchos amigos, y había comenzado a salir de noche con ellos. Al otro, a las dos semanas de comenzadas las clases, mi padre me aviso que debíamos mudarnos de ciudad, por recientes negocios en otros campos. Me despedí de ellos tan rápido, en una clase, que nunca supe si realmente eran amigos o compañeros de curso. La inscripción al nuevo colegio no tubo éxito. Ya habían pasado las fechas iniciales, las prórrogas, y ni siquiera quedaban vacantes. Entonces fui al nuevo campo a ayudar a mi padre.
Lo primero que hizo fue enseñarme a montar un caballo, a pesar de mis excusas para no hacerlo. Ni bien me subí, el caballo se alzó de cola y espalda y luego levantó sus patas delanteras a la altura de su pescuezo. Caí y nunca más me subí a uno. Todo el año acompañaba a mi padre en la tarea. Los peones que cada tanto venían a hacer trabajos de mantenimiento, me miraban constantemente. Y eso era incomodo. Ahora me doy cuenta. Estaba comenzando a crecer mi cuerpo. Al año siguiente retomé los estudios. Mi iba mal, había perdido un año de práctica. Repetí. Luego pasé los dos años siguientes tan rápido que no recuerdo nada de ello. Solo me viene a la mente, los constantes retos de mi madre, su posterior enfermedad, el velorio, el camino al cementerio, y el camino de vuelta a casa. Los caminos a la escuela como si nada. Mi padre se preocupó mucho porque no hablaba, entonces me daba plata para salir los fines de semana y conocer chicos. Me quería ver en compañía. Pero yo no le hice caso, y comencé a ahorrar. Cuando llegó el último día de la escuela, todos se abrazaban y se ponían de acuerdo para encontrarse, salir a festejar. Yo no decía nada, solo escuchaba, y me pareció estar de más. Por lo tanto, me fui, lo cual nadie notó. Camine hasta la terminal de ómnibus, y leí los destinos. Ese con montañas y lagos. Fui pregunte por ese, y respondieron el precio. Pedí dos. Uno para mi y otro para mi padre.
Cuando llegué a casa, papa no estaba. Espere hasta la noche y el no llegó. Al otro día el no estaba en su cama y pensé que habría llegado tarde y que se había levantado temprano para ir a trabajar. A la noche, me enteré por los agentes de policía en la puerta. Había sufrido un accidente con una máquina en el campo, y ya no estaba más. Al otro día, tú apareciste, y yo no sabía quien eras. Tuve que hacer un gran esfuerzo para darme cuenta que eras un compañero de secundaria.
Como tenía dos pasajes, por eso te invité. Y creo que fue lo único genial que me pasó desde que nací, las montañas, tus manos, los lagos, tus ojos. Nunca supe nada, hasta que estuve con vos. Conocí todo de golpe. Al principio pensé que te aprovechabas de mi ingenuidad, pero supiste ser caballero, para tenerme solo la última noche antes de volver.
Ahora solo espero que eso no sea un impedimento, no se los dije. Pero ahora te digo, que todo eso fueron las primeras y últimas cosas, gracias por todo. Te lo agradezco realmente, pero ya es tarde. Esta decisión la tomé hace tiempo, no se cuando, pero hace largo tiempo. Cada vez que recuerdo más, creo haberla tomado desde ese momento. Mis padres no volverán mas, ni lo campos. Si quieres puedo hacerte notas para que te quedes con ellos. Tampoco volverán los paisajes. A partir de mañana, estaré en el noviciado. Y no me busques porque está clausurado.


Ejercicio del Taller de Escritura de la UNQ, Ana Jusid,
sobre una frase de "El país de las últimas cosas" de Paul Auster

30 noviembre 2006

El balcón final

Hay personas tan delgadas, escribía, que a veces las arrastra el viento. Hay mujeres que parecen banderas flameando, como el pabellón de un castillo en ruinas. Hay hombres que no pueden siquiera caminar erguidos de tan flacos, se doblan, se quiebran.
A veces cuando paso cerca de ellos, siento un escozor, que hasta a mi me enflaquece. Siento como sus órganos están débiles. Siento su hambre, los gruñidos del estómago. Siento como tintinean entre si las costillas. Cuando un hombre se agacha, parece que no se levantara más. Y a veces no se levanta más. Y cuando no se levantan, quedan allí, mirando con los ojos perdidos, buscando un cielo que no existe. Con los ojos blancos. Si en cambio, se levanta, sabrás que ha iniciado el camino final. El camino que lo lleva al otro lado de su imaginación.
Las mujeres, en ocasiones continuas, se rinden. Pero aquellas que luchan, sobreviven largamente y muchas veces puedes verlas ayudando a otros hombres a levantarse.
Ella escribía, creo, muy rápido, como una cronista desesperada en busca de un historia para el matutino dentro de dos horas. Las hojas estaban arrugadas. Me pareció que en algún momento las habría tirado y luego, arrepentida, sacado de algún tacho. La letra se entendía a duras penas. Estaba deslizada debajo del renglón imaginario, y desganada. Había continuas tachaduras. Cuando abrí el sobre, cayeron de él, pequeñas borraduras. Luego, al buscar en el interior, note cierto desorden en las esquinas, y dobladillos involuntarios en el papel, lo que me dio a entender el apuro que ella tenía por enviarme esto.
La carta no estaba fechada, ni con remitente, pero inmediatamente deduje de quien era. Hace tanto que la esperaba. A ella, o algo. Cuando llegó la carta, la mire con fastidio, miré al cartero de reojo mientras el me ofrecía su planilla y una lapicera y me invitaba muy amablemente a dejar sentado de mi conformidad de recibimiento. Conformidad, que luego al cerrar la puerta, y sin subir las escaleras, se deshizo cuando al terminar de abrir la carta, vi su estado. Mientras subía los peldaños, fui deshaciendo el poco medido triple doblez, me sostenía en la baranda, leía dos líneas y continuaba otros escalones más. Así hasta el descanso.
Estoy en el lugar que soñé, decía el papel. Aquí el sol brilla todo el día y de noche no refresca. Sin embargo detrás del pueblo, en dirección norte, están los cerros nevados. Dicen los pueblerinos que el lugar tiene un microclima especial, debido a que todo esta construido sobre un río de lava subterráneo, a muchos kilómetros de mis pies. Ayer hubo un pequeño temblor, yo me asusté, pero el inquilino vino a tranquilizarme inmediatamente. Me explicó que estos temblores aparecen cada tanto, hace ya cincuenta años. A unos cuantos kilómetros, por la carretera norte, hay aguas termales, y más allá, otros cuantos kilómetros hacia adentro, están los geisers. Dicen que las aguas son benditas, especiales. Muchas personas vienen a curar su cáncer de piel aquí. Yo he ido allí todos los días. Las primeras veces pagué por ello, ya que era todo privatizado. Una empresa había comprado esos terrenos. A la semana, conversando en el viaje de vuelta con otra mujer, me enteré, que adentrándose hacia los geisers, ya no estaba la cerca, y había más piletones de agua naturales. Comencé a ir allí. El agua era mucho más caliente, pero así luego de unos minutos, el cuerpo se acostumbraba. El único inconveniente era que al cabo de diez minutos, necesitabas salir un tiempo, porque se sentía como empezaba a arder.
Allí nomás en el descanso, di vuelta la hoja, mire hacia abajo, y observe por el ventiluz de la puerta. El cartero ya se había ido, y en la calle se encontraban dos señoras hablando, una de ellas a punto de entrar, con un paquete en la otra mano. Recordé que había dejado la comida haciéndose. Subí los dos pisos que quedaban con la carta flameando y el sobre colgando de mis dedos meñique y anular de mi mano izquierda. Subía de a dos escalones y a veces de a tres. Cuando llegue frente a mi departamento, sentí como en la planta baja, se cerraba la puerta. Luego al sentir los pasos rasposos sobre la escalera, metí la llave en la cerradura, y muy atolondrado la giré. Me metí sin dejar mucho espacio entre la puerta y el marco, casi de costado y cerré asegurando las tres trabas. Inmediatamente sentí el olor a quemado, y el humo que impregnaba la casa. Tiré la carta sobre el sillón y fui corriendo a la cocina. Antes de llegar, por el pasillo que me lleva a ella, desde el interior salían dos llamaradas por el costado de la puerta. Al acercarme, el calor era tal que no pude mirar adentro. Corrí, desesperado, tomé la guía, recordé el número, y llamé. Con voz entrecortada, escuche a la operadora, la música de caja musical, y al instante, mientras mis manos temblaba, una voz amable me atendió.
Le expliqué tan rápido la situación, que tubo que pedirme que le repitiera lento y pausado. Así varias veces, porque comenzaba tranquilo, pero me aceleraba inmediatamente. Luego de dar mi dirección, proseguí hacia mi habitación, para rescatar, en caso de que fuera muy grave la situación, mis cosas mas preciadas. Tome mi portafolio, la campera, y dos portarretratos. Cuando salía de la habitación, descolgué de la pared un almanaque y dos cruces. En el pasillo se sentía el calor tan fuerte, que no pude detenerme frente al mueble enano para sacar de allí las estampas de mis santos, y sobre todo porque allí estaba mi sortija de casamiento. Mi colección de monedas, las cartas y mi taza de café preferida. Solo atiné a encorvarme, tapando mi cabeza con la campera, y agachado me dirigí hacia el comedor. Allí estaba la carta entreabierta, y pensé que quizá tendría tiempo hasta escuchar las sirenas. Me senté en el sofá y continué en la siguiente carilla.
Por las mañanas me dedico a la gimnasia y camino por el parque, seguía ella. Por las tardes voy a las aguas termales y a la noche jugamos cartas y pocker con mis compañeras del lugar. Ayer vomité muchas veces, pero siento que mejoro y todo volverá a su lugar en algún momento. Los otros dice, me dicen constantemente, que es tiempo, paciencia y mucho rezo. Yo rezo siempre, todas las noches, todas las mañanas, en las comidas y cuando camino por el parque. El padre de la iglesia me ha enseñado muchas oraciones, y tenía algunos de nuestros santos. ¿Los guardas, no? Cuando les rezo a ellos, el día siguiente me siento bien, me levanto, luego de hablarles y salgo corriendo. Cuando no les rezo, me levanto y salgo despacio. Tardo en llegar al comedor, y todos me miran, como si de nuevo pasara lo mismo.
Se me dibujó una sonrisa, enorme, y me distendí en el sofá. Sentía su felicidad, en mi, su buen estar, como mía. Y pensar que ahora nos estaríamos quedando sin casa. Y pensar que ya me quedé sin ella, por indicación de los médicos.
Ellos si que saben sacar cosas, comenzó a escribir él sobre dos hojas sueltas en el estante de adornos. También me sacaron las ganas de ir a visitarte algún día. Pero hablo de sacar cosas, de sacar problemas. A ti, por supuesto, que no se mal interprete. Digo, que te saquen lo problemas a ti. Ahora estoy sin trabajo, el mes pasado discutí con el jefe. Desde entonces me dedico a la casa y recuerdo día a día cada rincón, cada espacio, hasta los que sólo tú conocías y tenías el acceso privilegiado, porque a ti te gustaban. Creo que la conocí tanto, que podría arreglarla o ponerla en venta, o quizá prepararla mejor a tu regreso, o mejor, estaba pensando comprar un perro, para que él tuviese un lugar más amplio. También, pensé en alquilar las habitaciones y yo vivir en el living. Estamos en época de inscripciones universitarias, y muchos estudiantes tocan el timbre preguntando si no hay lugar para vivir. A todos les he dicho que no, pero algunos insisten tanto, que los dejo pasar a que vean. Entonces, cuando ellos están subiendo, tiro comida por el piso, dejo la rejilla del baño abierta y la puerta entreabierta, tiro un poco de ropa por el pasillo, y desordeno con mis papeles la mesa del comedor. Yo, me cambio. Me pongo el pijama, y los atiendo. Entonces ellos se van, arrepentidos de haber querido subir, y así luego, tengo algo que hacer. Me vuelvo a cambiar, y vuelvo a dejar todo en su lugar.
Cuando di vuelta la hoja, me di cuenta de que el calor se sentía mucho más cerca, y también se veía por la ventana del balcón, que esta al lado de la ventana de la cocina. Y me faltaba leer la última hoja de su carta. Entonces, me puse cerca de la puerta del balcón, para tener aire. A los lejos se escuchaban las sirenas, y sabía que ya no quedaba tiempo, por lo que leía los últimos párrafos rápido, salteando palabras, casi como buscando las ideas principales.
Ya no quiero más. Difícil de entender. Hoy te escribí. Tengo poco tiempo. No es fácil hacerlo. Guarda las estampitas. Reza. Perdón. Escribirte después, mucho tiempo. ¿Vendrás?. Yo no se. No creo. Cuida todo. Cuídate. Ya me siento mal nuevamente. Temblar. Sirena. Tengo que salir. Dejo, cartero, envíe. Hasta siempre.
Cuando me dispuse a dar la vuelta hacia la mesa –allí estaba el sobre–, vi frente a mí el fuego. Ese que no había querido ver, porque estaba ocupado. Solo hacía calor. El estaba allí, como queriendo decir algo, en espasmos continuos. Pero no decía nada. Y yo esperaba con la boca abierta a contestarle, pero continuaba dubitativo balanceándose. Y crecía más, parecía que quería decirme algo importante, porque sentía ya su abrazo en mi espalda, en mi cuello. La carta la apreté, la abollé y la guardé en el bolsillo de la camisa. Y las líneas que había escrito, en el bolsillo del pantalón. Así, no se mezclarían las hojas y no habría confusión.
Las sirenas se oían desde hace rato. Y llegué a pensar que era la voz del fuego, pero rápidamente caí en sí, y di cuenta de que eran a quienes había llamado. ¿Sería la amable mujer, que vendría apurada por mi historia, a rescatarme?. No tenía mis santos, no podría rezar. Abrí la puerta del balcón. Las llamas, salieron antes que yo, como desesperadas por aire, por espacio y por multitud. Yo salí luego por debajo, gateé hasta donde pude y allí quedé, esperando el milagro.

Ejercicio del Taller de Escritura de la UNQ, Ana Jusid,
sobre una frase inicial de "El país de las últimas cosas" de Paul Auster

28 noviembre 2006

Querido, te mojaste?

La lluvia está tan mojada que sobresalen los huesos de mis hombros, pegándose la camisa como una desopilante babosa, o como una mujer que solo le importa la plata. La gente camina, y se desentiende de toda situación. Un mar de babosas sin camino claro, que se mueven en vaivén imitando a sus pares, las serpientes.
De pronto, un rasguño, y otro. Un golpe, y un pinchazo. Miro hacia todos los costados y es irritante. Sales del trabajo, luego de que tu jefe te ha llamado la atención por no haberte limpiado los zapatos al entrar en la mañana. Claro que lo hace cuando estás yéndote. El muy infeliz podría decírtelo en otro momento, pero no antes de irte. Te vas mal predispuesto, pateando las piedras que están esparcidas en la entrada, escupiendo al piso, puteando al aire. Antes de la comida quizá, aunque te bajaría al apetito, pero incluso tendrías por delante más horas de trabajo para descargar. Al llegar, pues no sería algo tan notorio, comparado con el parco saludo de bienvenida diaria. O en su oficina en cualquier momento, donde tú puedas descargar alguna inofensiva defensa, o intentarla de algún modo. Alguna manera de no quedarte solo carcomiendo tu bronca. Incluso hasta podrías pegarle, insultarle, o hacerte el sordo. Mejor aún, irte y dejarlo hablando. Pero el muy infeliz tiene que mover su dedo índice como haciéndole cosquillas al aire, tembloroso y malicioso. Y lo tiene que hacer cuando ve mi cara sonriente, devenida de las ganas de irse. Sabiendo yo que me espera Mara en el bar de la esquina Arbizu y Chagaray, aquí cerca a solo cinco cuadras, a cinco minutos. Sabiendo él que… El no sabe nada, nunca ha sabido nada. Es el hijo del jefe, y por ello es el gerente de área. Ni siquiera sabe de que se trata su sector. Yo no soy ninguna de sus cinco asistentes por la sencilla razón de ser “un” y no “una”. Ve a saber que hacen en las reuniones que duran cinco horas, allí dentro. Debe ser un acoso desigual y vomitivo.
Las dos más jóvenes son bellas, amables, y se visten …, pero Dana, es desproporcionada por donde se la mire, no solo eso, sino que aparte usa polleras del tamaño de su antebrazo, y camisas ajustadas, que dejan casi al aire toda prominencia. Verle las piernas es como ver un ojo irritando y sangrante de una tira policial de historieta. Y no tiene descaro de tambalearse de aquí para allá. Y de la cara, mejor no hablar. Quizá si fuese amable como las dos muchachas, sería el centro de atención del lugar. Pero eso no existe y esto se le suma a la figura, sacada de un cuadro de Botero. Recuerdo el primer día que ella llegó, de haber perdido cada tanto minutos en mi trabajo, por asomarme desde mi box y observarla. No podía evitar, debía sacarme esa duda de la primera visión. Como cuando alguien presencia un accidente, y su morbo hace que no pueda apartar la vista, aún comprendiendo la situación.
En cuanto a las dos señoras mayores, ellas simplemente cumplen su tarea desapercibidamente. A veces si paran cuando pasan cerca de mío. Son charlatanas, también un poco chusmas. Pero nunca cuentan nada del jefe. Son muy leales.
Esta vez, el tráfico esta mas atestado que de costumbre. Llego tarde, y a Mara no le gusta esperar. Encima ahora verá mi expresión de enfado y me preguntará lo sucedido. Pero siempre resuelve los problemas con ternura. Solo cinco palabras, cinco caricias bastan para sacarme una sonrisa. Temblorosa, pero sonrisa al fin.
-Señora, porque no camina por afuera!- reacciono sin pensar violentamente girando mi cabeza mientras camino, dirigiéndome a la viejecita que acaba de rozar su paraguas en mi garganta. Paso las yemas de mis dedos, tratando de averiguar la zona molesta y siento un ardor. Un ardor fuerte, pero no tanto como el que me viene en lo ojos y mis pensamientos.
Nunca he querido comprar un paraguas. Me parecen el elemento más inútil jamás inventado por el hombre. Ocupan espacio, en el bolso, la cartera o donde sea, y ocupan espacio en la calle. Son aparatosos para desplegarlos ante la eventualidad y se doblan ante la mínima ráfaga de viento. Los paraguas ayudan a uno a mojarse un poco mejor. Distraen la vista y es por ello que corres más probabilidades de meter los pies en algún charco, por lo que estarás aún más mojado y más irritado. Por eso, no llevo paraguas. Aparte porque desde que mi madre me abrió uno a los cinco años intempestivamente delante de mí, creo que nunca he querido saber nada con ellos.
La lluvia es adorable, acaricia, y es suave. Cosquillea y afloja los músculos. Es una ducha constante, un calmante. Su sonido, que puede ser adormecedor como aterrador, también. Porque negarse a tan profunda expresión de la naturaleza. Porque evitar lo inevitable. Porque esconderse del agua, quien no nos abandona, e incluso nos contiene.
-Pero, que vieja idiota!- pienso al instante y me dirijo casi sin pausa: -use el paraguas para lo que es y no para taparse la cara!!!-
Estoy en la esquina del edificio del trabajo, y he tenido que esquivar a la inutilidad a la altura de mi pecho. Es increíble, pero la gente se olvida. El paraguas pasa a ser su elemento mas preciado y uno el oponente. Sales del subte, otro espacio inhabitable. Sales desesperado para tener un poco de oxigeno, caminas esquivando y codeando a la muchedumbre. Te diriges a la escalera casi con sensación de alivio, cuando de pronto te topas con una lanza de metal, que de casualidad no te apunta algún miembro. Levantas la cabeza un poco más y ves como se asoma amenazante la parte trasera de un paraguas entre en el brazo y el cuerpo de quien tienes de espalda en frente tuyo. Lo mueve de adelante hacia atrás, como si fuese Caperucita con la canasta. Entonces se lo aferras fuertemente, y casi al mismo tiempo te corres a un costado, hacia otra hilera que sube la escalera, mientras tu oponente se da vuelta repentinamente en posición de defensa.
Es allí cuando se para en el medio de la escalera, a dos peldaños del descanso y un metro de acabarse el techo de la salida a la calle. Suelta su cartera y la sostiene en su entrepierna. Toma el paraguas del mango, lo empuña hacia delante, aprieta el botón y desparrama la tela como un pavo real. Justo al mismo tiempo en que yo paso al lado, producto de haberme cambiado de carril, y me llevo puesto todas las plumas.
-Hay…, perdón- dice inocentemente, y se queda parado, mirándome, mientras tres señoras desde atrás le piden que se mueva. Mi respuesta es un sinfín de memorizaciones del diccionario de malas palabras, los ojos mirando hacia arriba por un instante, y sin voltearme para no ver al inútil, trato de salir de la cueva.
Sigo caminando mirando abajo y reprimiéndome, tratando de no pisar las malditas baldosas flojas de las veredas que la municipalidad se niega arreglar.
La siguiente esquina es un amontonadero de gente esperando cruzar la avenida. Bocinas y olas surfeadas por autos. Y un mar de techos circulares con sus lanzas cayendo de costado, de todos los colores, formas y tamaños. A esta altura no se si esta nublado de nubes o de paraguas que apagan la luz. Lo que es seguro que aún entre tantas inutilidades, me sigo mojando.
Las siguientes dos cuadras en días sin lluvia es un aparcadero de personas mirando vidrieras, entrando y saliendo con bolsas. Gente que repentinamente se frena, otras que se cruzan por delante. Es algo realmente sufrible. Pero los días con lluvia son aún más feroces. Los toldos, balcones, protectores, entradas profundas y demás salidas por sobre las cabezas deberían funcionar como perfecta pasarela anti-moje. Aquellas personas con pilotos, cobertizos y paraguas debieran circular sin ningún complejo bajo lluvia, tranquilos, moderados, sabiendo que su destino los espera secos.
Insufriblemente uno se arremete a todo lo contrario. Camina pegado a la pared, buscando todos los sitios cubiertos. Al mismo tiempo debe evitar todo asalto de lanza a los ojos o al cuello. Rasgaduras de vestiduras o sacos enganchados. Los insultos lo carcomen por dentro y no puede evitar agacharse por debajo del paraguas del enemigo y mirarlo furiosamente al punto de querer escupirle con precisa puntería en el medio de los ojos.
Cuanto más crece el ser humano mas imbécil se torna. Es por ello que se me acalora la cabeza, se contraen los músculos y mis ojos se enrojecen. Es por ello que una señora mayor con su paraguita, un señor de traje con un paraguas doblemente mas ancho que su brazo, dos mujeres con una sombrilla de hollywood, y millones de especimenes de variadas similitudes se bambamlean inútilmente bajo los techos sin tener ninguna piedad de quienes no tienen consigo un inútil paraguas. Van de aquí para allá por esta angosta pasarela.
Finalmente decido apartarme de tan incompetente muchedumbre, y opto tomar el camino adyacente que me conduce tranquilamente hacia mi destino, pero cada vez mas mojado.
-Querido… te mojaste?- dice ella, mientras trato de sacarme las gotas que cuelgan de mi nariz, mis orejas y mis párpados.
Mi ira se desata por el interior hasta secarme con tal irradiación. Mis ojos la miran fijamente y se suceden dentro de él continuas imágenes y de métodos de cómo estrangular a una tan tierna y bella dama, que me mira muy ciegamente y apoya el costado de su cara en mi pecho, abraza mis espaldas y me dice: “Deberías haber traído el paraguas”.

Ejercicio literario realizado en el Taller de Escritura de la UNQ, Ana Jusid

07 octubre 2006

Tres historias sobre lo mismo

(con moraleja interpretativa)

"Se concentraron dos dragones a 20 km del fuego de aquellos cavernícolas, y al oir sus voces susurrando, pensaron que quizá, los estarían reemplazando, ya que al lado de ellos brillaba aquello que ellos mismos habian producido por años. Esto, terminó por extinguirlos, ya que el hombre no necesitaba mas de ellos, y ellos eran absortos por su misma arma"

"En un paraje lejano de la costa, de la altura y del llano, surtieron en el cielo abierto dos aves, que jugueteaban sin deseo alguno de lastimarse. Pero una de ellas picoteó sin querer por encima del ojo, cayendo esta en caída libre. Cuando la primera vió lo sucedido, voló mas fuerte en favor de la gravedad, y sostuvo a la misma a los cinco minutos de haber acontecido el infortunio. Pero ésta, con su inercia y el peso de su compañera, cayó también junto con ella, con tan buena suerte, que como no había ni altura ni costa ni llano, siguieron volando, y la herida cicatrizó al cabo de unos dias"

"Caminaron hasta el cansancio cuando uno le dijo al otro: -¿porque hemos caminado tanto?, podríamos haber tomado algo y llegado más rápido-. A lo que el otro respondió: -he preferido caminar largo, porque he decido conocerte hasta el cansancio-"

6 de Octubre de 2006

19 septiembre 2006

Cuento bibliográfico

No hubo ninguna vez. Ninguna que yo recuerde o me recordasen mis padres. Ahora no tanto, pero siempre hay reminiscencias, los recuerdos, en definitiva son para recordarlos, y de su repetición dependen.
No hubo ninguna vez en la que, un sonido no halla sobre excitado la cóclea. En este caso particular nunca. Desde aquella vez que asomé, cada llamado fue distinguido por distintos tonos, cada uno tenía su significado. Todas las mujeres eran mama” y según mi punto de vista aquellas de tamaño grande eran “mama”, en cambio las mas pequeñas eran “mama”. Por ejemplo, “mama, mama” quería decir algo así como avisarle a mi madre algo sobre mi hermana. De a poco el entorno se fue adaptando, entendiendo y agudizando su percepción auditiva, ya que cada una tenía su tono, y no debía haber lugar a la confusión.
No hubo ninguna vez en la que mis actos no tuviesen destinos musicales. Así como un niño corre tras una pelota, algunos se dejan correr por sus mascotas u otros ni siquiera corren, porque el televisor no se mueve, quien les habla podía realizar esta acción y todas sus consecuencias, con una única constante: la música.
En épocas preescolares, en el Parque Centenario los domingos solían realizarse musicales. Había que estar allí para correr, jugar, andar en bicicleta, pero indudablemente el plato fuerte de la jornada era pasarse una hora sentados en aquellas sillas, prestando y dejándose llamar la atención por lo que ocurría en el escenario. El advenimiento de la primaria, trajo consigo la flauta dulce, que de tal no tenía nada para mi familia, pues escucharla una, dos, tres veces no tenía problema, pero escucharla una y mil veces resultaba incómodo.
No hubo ninguna vez en la que mis actos y mis palabras no tuviesen, sin darse cuenta, un fin musical. Cuando tuve que decidirme por una actividad entre dos a realizar los sábados, ni lo dudé. Era o, seguir en la escuelita de fútbol o, inscribirme en la actividad del grupo de exploradores que había en el colegio.
La secundaria trajo grandes cambios. Por un lado en un colegio técnico no existen las materias artísticas, ya que técnica y arte parecieran ser antónimos en nuestra educación. Por otro, coincidió con el cambio de la flauta dulce a la trompeta ruidosa. ¿Como?, en el grupo de exploradores había una banda, no de guitarras y bajos, sino de instrumentos de viento. Un lugar donde aprendías de cero y te ibas metiendo de a poco hasta ser parte de la misma.
Claro que en este caso la trompeta ruidosa, era tal para mi familia. Nada agradable cuando se emiten los primeros sonidos y se intentan las primeras melodías. Menos aún cuando se ensayan los ejercicios y las partes.
Por último fue el mismo año que ingresé al Conservatorio de Música, actividad que quedó trunca debido al tiempo que insumía el colegio. En definitiva, no solo no había materias artísticas, sino que tampoco dejaba espacio para buscarlas. Así y todo, la Banda me dio el espacio para crecer, a los tumbos, a pura intuición, pero me lo dio.
Alguien se preguntará cuanto tarde en aguantar en ese colegio. Pues seis años, todos, ya que mi intención luego del Titulo de Técnico en Computación, era Ingeniería en Sistemas, siguiendo los pasos de mí hermana.
No hubo ninguna vez en la que mis actos, mis palabras y mis decisiones no determinaran mi futuro, y quizá también el de los demás. El acercamiento del fin de la obligatoriedad estudiantil, me hizo pensar aún más. Solo, interesaba la música y entonces me pregunté ¿Cómo puedo de la misma manera conjugar, mis intenciones secundarias, mis intereses artísticos y que todo eso sea de carácter universitario? ¿Cómo evitar la fastidiosa pregunta de ¿y que mas?, inmediatamente después de comentar de que continuaría mis estudios en el Conservatorio luego del colegio? Y que mas, que! Era mi respuesta. Justamente, como para que no abunden las coincidencias, una compañera más grande de la Banda, estudiaba una carrera en donde coincidían las computadoras, el teatro, el cine, la orquesta, la composición, el sonido. Parecía el combo perfecto de un Mc Donal´s universitario.
La entrega de títulos en la escuela técnica, coincidió con la entrega simbólica de la batuta en la Banda. No era para menos, pero con tan sólo diecinueve años recién cumplidos, era el encargado de llevar adelante la actividad que me enseñó. Aquello me dio otras perspectivas, me maduró de golpe, en todos los sentidos. Muchas de las decisiones fueron erradas, otras acertadas, muchas fueron personales, otras en función de los demás, muchas fueron tristes, otras alegres. Alcancé mi mayoría de edad con un vuelco de experiencia, en algunos casos un poco desafortunada, pero que resultó de gran provecho para los tiempos actuales.
Lo que siguió fue una enmarañanda rutina y convivencia de responsabilidades y funciones. Enseñar y al mismo tiempo aprender. El Conservatorio, la Universidad, la Banda, las actividades exploradoriles, algunos trabajos, entre otras tantas. Pero siempre el mismo destino: el arte, la música. Distintas y últimas experiencias compositivas y de dirección, me siguen determinando posibles diferentes rumbos.
La universidad, y la carrera que me detiene en ella, me abrieron la cabeza en otras áreas, me generaron la atención de otras tendencias, y lograron conjugar y atender mis inquietudes post secundaria. Esta vez si, lo técnico y lo artístico tienen unas cuantas letras en común de las cuales surge “Composición con Medios Electroacústicos”, teniendo como prefijo la palabra Licenciatura, un título universitario.
Hasta aquí llega este cuento, simplemente su introducción y alguna que otra punta para el nudo. Colorín, colorado, sin fin, no acabado. A 23 años de asomar por primera vez todavía aprendiendo y creciendo, pero no hubo ninguna vez en la mis actos, palabras y decisiones no hallan sido netamente musicales.

Ejercicio del Taller "Seminario de Expresión, creatividad y escritura" de la Universisdad Nacional de Quilmes.

15 septiembre 2006

Presentación

En este espacio podrás leer todo tipo material. Se aceptan propuestas, envíos y comentarios. Particularmente podrás leer material propio. Poesía y prosa. Me mueve literalemente un poco más lo primero y seguramente será lo de mayor abundancia. Podrás encontrar, con el tiempo, links a otros textos interesantes o citas que valgan la pena ser mencionadas.
Mi nombre es Luis Tomás, nacido en 1982 en la bella ciudad de La Paz (Bolivia). Formado con las costumbres y mayoría de los valores argentinos desde 1984. Podría resumirse que "soy boliviano por sangre y argentino por adopción". Estudiante de música en diferentes áreas, casi siempre del lado
académico. Es muy temprano todabía decir que soy. Quizá dentro de 50 años podrá anteponerse a mi nombre alguna profesión.
Simplemente me debo a toda manifestación artística, siendo la música la principal, la literatura mi contención, el audiovisual o cine mi anhelo y las plásticas mi inicio; no se descarta la apreciación por las demás, sólo que no tengo tanto contacto. El deporte es mi segunda debilidad. Cualquiera sea. Guarda con el arte muchas coincidencias de todo tipo, incluso semiológicas . Deporte, Arte. Palabras que se unen poéticamente.
Campo artístico, campo físico, campo intelectual, campo espiritual, así se forma el ser humano. Los dos primeros ya mencionados antes. Los dos segundos son de tal gran importancia que no puedo dejar de nombrarlos.
Yo tube la posibilidad de conocer al mundo, y ojalá este acto sea recíproco alguna vez.

Luis Tomás